Vale la pena vivirla

Una de las cosas que nos caracteriza a los seres humanos es que somos puro vida y en esa vida somos cambio, evolución, movimiento, crecimiento. Para que esto suceda es necesario apropiarnos de nuestra vida y empoderarnos para poder disfrutarla plenamente. Obviamente, ligada a la vida está la muerte, pero en este espacio elijo pensar en la vida. 

De alguna manera somos aprendices por naturaleza, e instintivamente tenemos la capacidad de adaptarnos al medio, sobre todo para sobrevivir. La vida en sí misma es un regalo maravilloso que nos permite la oportunidad de vivirla, gozarla, disfrutarla, sufrirla o padecerla, según como la miremos. Algunas personas tienen la sabiduría de poder gozar cada minuto, de vivir intensamente y otras personas pierden esa fuerza vital al enroscarse en algunas situaciones o etapas, influenciados por el afuera evitando la capacidad de vivir desde adentro, o tienen una mirada negativa de la misma. 

La vida naturalmente presenta polaridades, mostrándonos contrastes entre la noche y el día, la alegría y la tristeza, el amor y el odio, etc. Cada matiz es importante porque nos hace valorar cada estado que vivimos.  Dando la bienvenida a cada momento, sin etiquetarlo, sino simplemente viviendo para que finalmente estemos agradecidos de haberlo experimentado.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” frase célebre del genio Albert Einstein quien nos marca la importancia del cambio interior para visibilizar los resultados externos. Para hacer cosas diferentes indudablemente debo viajar a mi interior, conocerme, saber que quiero; para saber a dónde voy. Algunas preguntas que pueden abrirnos a encontrar nuestras propias respuestas son ¿qué me molesta hoy de mí? ¿puedo reconocer algunas cosas que quiero cambiar? ¿qué quiero lograr? ¿quién me gustaría ser? ¿estoy satisfecho con lo que soy y por ende tengo hoy? ¿hay algo de mi vida que me cansa o no quiero que me pase más? 

Si bien todos somos educables, a veces, nos cerramos a seguir aprendiendo. Y esas excusas no siempre son conscientes, sino que están solapadas e incluso es el mismo sistema en el cual estamos el que las promueve. Estos son algunos errores frecuentes que cometemos y nos cierran a seguir aprendiendo:  

  • No tengo tiempo. En pleno siglo XXI donde el tiempo es más que escaso dada la cantidad de estímulos y la rapidez en la cual vivimos, por supuesto que lo que más se escucha es “no tengo tiempo”. El tiempo, ese recurso finito, es el que debemos saber administrar para luego quedarnos con la sensación de hice lo que quise. Tiempo tenemos, lo que no ponemos son prioridades. 
  • Querer “tenerlo claro” todo el tiempo, la certeza continua de tenerlo todo bajo control. Este error nos lleva a perdernos de la incertidumbre, de lo inesperado, lo novedoso, de lo creativo. El aprender supone confiar y soltarnos a la experiencia. Muchas veces no sabremos “para que” hacemos tal cosa en el proceso, pero simplemente necesitamos confiar y pasar por la práctica. 
  • Incapacidad de declarar ignorancia, no poder decir “no se”. Obviamente para poder aprender algo tengo que reconocer que no se hacerlo, que no tengo esa competencia incorporada. Este enemigo del aprendizaje se puede relacionar con el temor a hacer el ridículo, por lo que reconocer mi ignorancia puede dejarme “mal parado”; dado esto entonces prefiero callarme y suponer que se cuando realmente no se. Por lo tanto, me limito a no aprender.
  • Ceguera cognitiva. Cuando no sabemos que no sabemos, a esto se le llama ceguera cognitiva. De hecho vivimos de alguna manera en una ceguera cognitiva, ya que en este mismo instante no podemos conocer los nuevos descubrimientos que puedan estar realizando los grandes científicos. Ahora bien, una vez que tenemos acceso a la información o conocimiento ya no podemos desconocer eso. Mientras no lo conozcamos no sabemos de las grandes oportunidades que nos perdemos. 
  • Olvido del cuerpo. Considero este punto el más relevante, ya que culturalmente tenemos un olvido del cuerpo. Desde el coaching ontológico promovemos la triple mirada al ser (cuerpo, emoción y lenguaje) por lo tanto podemos aprender desde estas tres instancias, cualquier intervención que hagamos en alguna de ellas, tendrá un efecto en nosotros. Necesitamos pasar el aprendizaje a la experiencia corporal, vivirlo desde el cuerpo para poder internalizarlo; por lo que es necesario reconocer nuestro cuerpo, aprender a escucharlo, cuidarlo y usarlo como canal válido para aprender.

¡Qué buena oportunidad tenemos de abrirnos al aprendizaje para crecer, para buscar ser más felices y por ende más plenos! Incluyendo que el proceso pueda ser doloroso e incómodo, vale la pena transitarlo. ¿Cuán abierto al aprendizaje estas? ¿Cuáles son tus errores más frecuentes a la hora de aprender? ¿Qué estás dispuesto a hacer para pasar por la prueba? Te animo a que te desafíes a vos mismo y te pongas en acción para sumar a tu propio aprendizaje, a tu propia vida; ya que la vida vale la pena vivirla.

Silvia García Prette.

CURSOS

Acceso a tus Cursos + Materiales Exclusivos

Aquí comienza tu viaje hacia una familia más fuerte, conectada y llena de amor. Todo lo que necesitas está aquí.